Trabaja solo, en silencio y sin prisa. A mediodía, en las calles polvorientas de Chulucanas el calor intenso adormece los ánimos de sus pobladores, pero en su taller él agita los recuerdos de su tradición. Se reencuentra con la técnica de paleta y piedra que aprendió de su padre, Andrés Sosa Ruiz, un alfarero procedente de Simbilá, pueblo de origen Tallán, que elaboraba ollas, cántaros, tinajones y peroles para lavar ropa y platos.
MEMORIA COLECTIVA
Los tiempos cambiaron para la alfarería porque en los pueblos cada vez más se ofrecían jarras y bateas de plástico, así como ollas de aluminio. Debido a que el trabajo para los artesanos ya no les era rentable, en la década de 1960 empezaron a dejar de lado el oficio y sus hijos le siguieron los pasos. Poco a poco fueron olvidando las huellas de una cerámica utilitaria que viene desde la época preinca.
Esta situación le preocupó a Gerásimo Sosa, quien para no desdibujar la tradición, apostó por lo artístico. A las piezas que tenían formas de ollas y vasijas las humanizó poniéndoles cabezas humanas y les dio un mejor acabado aplicando la técnica del pulido y la pintura con productos naturales. Fruto de su creación son las gorditas, que en la actualidad se han popularizado tanto que pocos saben que la idea original nació de sus manos creativas.
En 1974 la cerámica de Chulucanas empezó su nueva etapa. En aquella fecha, el maestro Max Inga, quien se encontraba delicado de salud, conoció a una monja estadounidense que atendía en la posta médica de Chulucanas. En gratitud por su solidaridad, le regaló unas palomitas de cerámica, que la fascinó. Desde entonces, ella no cesó en visitar los talleres de los artistas populares de la provincia para motivarlos a continuar con su trabajo.
En aquellas circunstancias, Gerásimo Sosa conoció también a la religiosa, quien le regaló un libro sobre los ceramistas nativos de Estados Unidos. Con ella redescubrió sus raíces. Un día, ella le llevó un pedazo de una cayana (olla antigua) rota para que lo analizara. Después de rememorar cómo eran utilizadas por las madres de zonas rurales, aplicó la técnica de decoración en negativo Vicús que definió el estilo Chulucanas.
Otro de los cambios que ha experimentado la cerámica de la zona es su forma de horneado. A diferencia de otras épocas, en que se realizaba a la intemperie, en la actualidad se usan hornos eléctricos que evitan el humo y mejorar la calidad del quemado, porque se tiene mayor control de la temperatura. En el caso de piezas utilitarias hoy se usan moldes, porque el mercado demanda producción en serie.
TIEMPOS NUEVOS
En 1980, Max Inga y Gerásimo Sosa viajaron por primera vez a Estados Unidos para exponer sus creaciones. “Al maestro tuve que llevarlo cargado porque no podía caminar, pero salimos al exterior. A partir de allí me di cuenta que este arte tenía tanto futuro, sobre todo en el extranjero. En adelante, me dediqué a crear piezas nuevas que conserven la identidad regional de Chulucanas”.
Con el tiempo, sus obras se exhibieron en Finlandia, Holanda, Luxemburgo, Chile, Panamá y Ecuador, donde también realizó demostraciones de las técnicas ancestrales del que es uno de sus mejores exponentes. Otra de sus preocupaciones fue organizar a los artesanos a través de la Asociación de Ceramistas Vicús de Chulucanas, cuyo primer logro es la construcción del local de capacitación que empieza a germinar.
De sus primeras piezas inspiradas en los animales de la región, como chilalos e iguanas, ya no quedan huellas. Con la renovación de la técnica, empezó a trabajar motivos esculturales de personajes rurales. En 1983, en pleno Fenómeno de El Niño creó la pieza llamada La Fertilidad, que representa a una mujer gorda rodeada por 12 cantaritos que simbolizan a los meses del año, con el que pretende demostrar que Piura es una tierra fértil que solo necesita agua.
A sus 58 años, Gerásimo Sosa Alache vive emocionado por el reconocimiento unánime de la calidad de la cerámica de Chulucanas, que cuenta con la denominación de origen. Conocedor de que sus obras son apreciadas por coleccionistas extranjeros, trabaja para que las creaciones de más artistas populares se valoren en el mercado internacional. Así, el barro seguirá oliendo a vida, lejos de los talleres humildes del norte peruano.
10/08/11